Dedicado

2…a un poeta enamorado de Granada: Andrés

Érase que se era, una cajita de cristal.

Esa cajita de cristal era tan pero tan frágil, que por dentro se forró de terciopelo y se hizo, además de frágil, la cajita más bella que se puede poseer.

Unos la llaman cajita de cristal, otros cajita de terciopelo y otros, simplemente, ignoran su existencia.

Pero ahí está, siempre presente en nuestras vidas.

Cuenta la leyenda que, cuando alguien conoce a una persona, esa persona intenta entrar en su cajita de cristal.

Pero no lo consigue cualquiera.

La cajita de cristal es un poquito delicada y solo elige a los mejores, a las personas que son ESPECIALES.

Las personas que entran en la cajita de cristal es muy probable que nunca salgan de ella y que continúen unidas a su dueño para siempre… o, al menos por muchos años. Porque son personas Especiales.

¿quién entra en la cajita de cristal? ¿Cómo podemos hacer para entrar en la cajita de cristal?

Es algo mágico. La cajita es muy sabia y elige ella misma mirando el corazón de las personas.

Porque hay personas que son ESPECIALES y que, en apenas meses, entran en la cajita de cristal para convertirse en parte básica de ella y, entonces, hablarte de la existencia de la cajita de cristal.

Una vez que entran, ya no se puede vivir sin ellas.

Y no importa la distancia, o que no se hable con ella todo lo que se quisiera… porque esa persona está en tu cajita de cristal aterciopelada y siempre piensas en ella; la recuerdas y quisieras tenerla cerca para darle un gran abrazo y decirle sin palabras todo lo que le quieres.

Pero sabes que no hace falta, que él lo sabe… porque está en tu cajita de terciopelo y tú estás en la suya.

Y el vínculo que se ha creado es un vínculo tan bonito, que son sólo pensarlo sonríes, e incluso se te saltan las lágrimas, agradeciendo a Dios que esta persona esté en tu camino, que haya parado un tiempo a tu lado, y que te haya dejado entrar en su cajita de terciopelo…

Porque te sientes afortunada de poder tenerlo cerca, lejos, pero cerca… porque te sientes afortunada de sentir que es tu amigo, y que puedes contar con él tanto como él puede contar contigo.

Porque es una persona tan especial, que las palabras se quedan cortas para definirla o agradecerle todo lo que ha hecho por ti. Pero esperas que lo sepa siempre, que no hagan falta palabras, y que la distancia no sea el olvido.

Gracias por todo, Andrés… eres especial, no me cansaré de decírtelo…

Grande, poeta, un pequeño niño triste que te conoce con mirarte a los ojos… que tiene unos andares tan característicos que te gusta recordarlos para no sentirte demasiado lejos de él, que siempre olvidará tu cumpleaños (pese a ser el mismo día que el suyo), que es único.

Porque una persona que supo leer e identificarse tan bien con el perro cojo no puede ser si no una gran persona.

Recuerdo ese poema, el perro cojo, de Benítez Carrasco… aunque comprendo que no se sienta igual que recitado por él y su voz…

Con una pata colgando,

despojo de una pedrada,

pasó el perro por mi lado,

un perro de pobre casta.

Uno de esos callejeros,

pobres de sangre y estampa.

Nacen en cualquier rincón,

de perras tristes y flacas,

destinados a comer

basuras de plaza en plaza.

Cuando pequeños, qué finos

y ágiles son en la infancia,

baloncitos de peluche,

tibios borlones de lana,

los miman, los acurrucan,

los sacan al sol, les cantan.

Cuando mayores, al tiempo

que ven que se fue la gracia,

los dejan a su ventura,

mendigos de casa en casa,

sus hambres por los rincones

y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen,

que recóndita mirada

como si en ella pusieran

su dolor a media asta.

Y se mueren de tristeza

a la sombra de una tapia,

si es que un lazo no les da

una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss.

Todo orejas asustadas,

todo hociquito curioso,

todo sed, hambre y nostalgia,

el perro escucha mi voz,

olfatea mis palabras

como esperando o temiendo

pan, caricias…   o pedradas,

no en vano lleva marcado

un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss.

Dócil a medias avanza

moviendo el rabo con miedo

y las orejitas gachas.

Chasco los dedos; le digo:

“ven aquí, no te hago nada,

vamos, vamos, ven aquí”.

Y adiós la desconfianza.

Que ya se tiende a mis pies,

a tiernos aullidos habla,

ladra para hablar más fuerte,

salta, gira; gira, salta;

llora, ríe; ríe, llora;

lengua, orejas, ojos, patas

y el rabo es un incansable

abanico de palabras.

Es su alegría tan grande

que más que hablarme, me canta.

“¿Qué piedra te dejó cojo?

Sí, sí, sí, malhaya”.

El perro me entiende; sabe

que maldigo la pedrada,

aquella pedrada dura

que le destrozó la pata

y él, con el rabo, me dice

que me agradece la lástima.

“Pero tú no te preocupes,

ya no ha de faltarte nada.

Yo también soy callejero,

aunque de distintas plazas

y a patita coja y triste

voy de jornada en jornada.

Las piedras que me tiraron

me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra

tengo mi pan y mi almohada.

Vamos, pues, perrito mío,

vamos, anda que te anda,

con nuestra cojera a cuestas,

con nuestra tristeza en andas,

yo por mis calles oscuras,

tú por tus calles calladas,

tú la pedrada en el cuerpo,

yo la pedrada en el alma

y cuando mueras, amigo,

yo te enterraré en mi casa

bajo un letrero: «aquí yace

un amigo de mi infancia».

Y en el cielo de los perros,

pan tierno y carne mechada,

te regalará San Roque

una muleta de plata.

Compañeros, si los hay,

amigos donde los haya,

mi perro y yo por la vida:

pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;

por más que yo lo cuidaba,

el tiempo malo pasado

lo dejó medio sin alma.

Y fueron muchas las hambres,

mucho peso en sus tres patas

y una mañana, en el huerto,

debajo de mi ventana,

lo encontré tendido, frío,

como una piedra mojada,

un duro musgo de pelo,

con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro

muerto de las cuatro patas.

Hacia el cielo de los perros

se fue, anda que te anda,

las orejas de relente

y el hociquillo de escarcha.

Portero y dueño del cielo

San Roque en la puerta estaba:

ortopédico de mimos,

cirujano de palabras,

bien surtido de intercambios

con que curar viejas taras.

“Para ti…   un rabo de oro;

para ti…   un ojo de ámbar;

tú…   tus orejas de nieve;

tú…   tus colmillos de escarcha.

Y tú, -mi perro reía-,

tú…  tu muleta de plata”.

Ahora ya sé por qué está

la noche agujereada:

¿Estrellas…   luceros…?  No,

es mi perro cuando anda…

con la muleta va haciendo

agujeritos de plata.

Gracias,

Ángela R.B.

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1…a Fernando:

Antes de que acabara el curso, ya tenía pensado dedicarte una carta

Pensé dejarla en la red social que gestionas

pensé todo cuanto te iba a decir…

pero claro, como siempre, no lo apunté.

Desde entonces es una asignatura pendiente el escribirte esto… pero cada vez que quiero ponerme… no sé ni por dónde empezar.

Son tantas, tantísimas cosas las que te quiero decir… tantas gracias por tanto que has hecho por mí…

Has sido mucho más que un profesor, has sido un amigo y confidente con el que siempre he podido contar, tanto en momentos buenos, para recordarme que lo eran, como en los malos, para darme ánimos y que me diera cuenta de que no merece la pena que comentarios desafortunados bajen mi moral.

Supongo que para ti he sido otra alumna más, tú eres así, brindas apoyo a todo el mundo, lo quiera recibir o no… para ti tan sólo habrán sido dos años más de tu vida, otra alumna de filosofía y teatro… pero para mí ha sido mucho, muchísimo más que eso, y por ello te quiero dar las gracias.

Contigo me he descubierto a mí misma, la filosofía no podría haber sido más importante en mi vida, he descubierto lo importante que es en la vida de cualquier persona, y como tal la defiendo ante aquellos que se quejan por estudiar esta asignatura…

pero, si la filosofía me ha abierto los ojos… el teatro ha hecho que , con los ojos bien abiertos, aprenda a mirar a todos los lados posibles… a ver todas y cada una de las caras de la moneda (que no son dos, como todo el mundo cree)y, en definitiva, a crecer como persona… cosa que estoy segura no hubiera podido llegar a hace sin tu ayuda… y que pretendo mejorar, también con tu ayuda, porque sé que me queda muchísimo por aprender…

Una vez me dijiste, siguiendo supongo aquellas palabras que escribí y que tiempo después representamos en el teatro, que soy una fuente de alegría… y te preguntabas cómo una fuente de alegría podía verter agua tan triste… Esas palabras han sido muy importantes en mi vida, ¿sabes? desde entonces, intento ser quien soy… sin dejarme influenciar por aquellas personas que es completamente innecesario que nombre…

las caídas siguen, permanecen, ya se sabe que todo lo que sube, baja… pero ahora estoy convencida de que todo lo que ha subido alguna vez, volverá a hacerlo, sobre todo con la ayuda de alguien como tú.

Y es que no ha sido un profesor al que le he cogido cariño… has sido muchísimo más que eso y, ahora, no sé cómo darte las gracias por todo lo que has hecho por mí… no sé ni cómo expresarme!! (ya lo dije en la entrada anterior… y es que lan inspiración brilla últimamente por su ausencia… pero lo seguiré intentando).

Fernando, Gracias por ser cómo eres.

Gracias por tu fe en nosotros (fe que me has inculcado… tienes toda la razón, mi generación merece la pena, aunque nos hagan creer que no); Gracias por tu fe en mí.

Hoy soy lo que soy Gracias a ti… Gracias a que nunca has querido determinarnos, nunca quisiste dar tu opinión, simplemente preguntabas, escuchabas y volvías a preguntar… Gracias.

Espero no perder a un gran amigo por irme… confío en tenerte siempre cerca, la verdad… pero confío en que sepas que estoy cerca (aunque supongo que es un tanto patético que una chica con 18 años con todo por aprender pretenda brindar apoyo a una persona como tú…) y espero que nunca te canses de mis miles de e-mails… pues yo siempre sonrío al ver que me contestas.

Sin más, (mucho que decir pero pocas palabras para expresarme), me despido con un Gran Abrazo.

A’ngela R.B.

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