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Una noche de Reyes

Ese cosquilleo interior te impide ir a la cama pronto pero te obliga a hacerlo, no vaya a ser que sus majestades te descubran despierto y decidan dejarte sin tu regalo. O regalos, porque has sido bueno. Lo suficiente.

Lo mejor de la noche del 5 de enero es que llega pronto. A las seis y media ya es de noche, y sabes que Sus Majestades han llegado ya porque empiezas a escuchar trompetas y tambores acercarse.

Entonces, te pones nervioso. “¡Vamos, mamá, vamos a pillar sitio, que ya vienen!”.

La noche de reyes es la noche de la magia, de los sueños e ilusiones.

Este año, he tenido la gran suerte de poder formar parte de ese reparto de alegría, y os puedo decir que ha sido único.

Casi ni había acabado de comer cuando ya tenía que pasar de ser Ángela a ser uno de los Pajes Reales de Su Majestad el Rey Melchor. Hacía frío, mucho. Y sobre las 6 mi cuerpo ya me pedía su merienda, como cada tarde. Pero mereció la pena.

Bajo un foco de luz y calor, las carrozas comenzaron a moverse, eran un poco más de las seis y media y los caramelos estaban preparados.

Enfilando la avenida, la gente se agolpaba alrededor. Unos, la mayoría, deseaban llenar sus bolsillos de caramelos. Pero otros, además (nunca se pueden despreciar caramelos), deseaban ver a sus majestades.

Unos, cogidos de la mano de sus padres. Otros, montados a caballito para ver mejor. Muchos, corriendo en el suelo para coger ese caramelo que había pasado desapercibido al resto de sus compañeros. Pero todos, todos, con esa cara de ilusión que hace que se te olvide el mal humor que te entró al ver a personas de 50 años quitarle los caramelos a los niños, o intentar quitártelos a ti.

Había algunos que solo podían mirar al Rey. Los caramelos pasaban completamente desapercibidos bajo el brillo de sus ojos mirando a ese hombre que les traería sus más deseados juguetes esa noche.

Recuerdo cuando salimos de la rotonda, y en una esquina, más de una docena de niños comenzaron a gritar: “¡Melchooorr!”. Justo antes, uno de ellos había dado su carta para el rey a uno de los pajes. Quizá era un poco tarde, pero ya se sabe que Sus Majestades son magos, y seguro que algo podrían hacer.

En uno de esos pequeños descansos, un hombre se acercó a Melchor por el lado izquierdo. Llevaba a su pequeña subida en los hombros. “Melchor, ¿te has acordado de los regalos de Ana? Ana, saluda al Rey Melchor”. Pero Ana no decía nada, solo miraba al rey con una cara entre fascinación, alegría e ilusión. La sonrisa no le cabía en su carita y sus manos no paraban de agitarse. Estaba frente a uno de los Reyes Magos de Oriente.

Y es que es en esos momentos cuando no puedo evitar (ni quiero evitar) tener ilusión por el mundo que nos rodea.

El hombre es bueno, claro que sí. El problema es cuando crece. Porque no sé en qué momento es cuando pasa de mirar embelesado al rey, a ignorarlo por pelearse por un par de caramelos.

 

Un saludo, y sonrían, por favor,

 

A’

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Esparciendo sonrisas, recibiendo realidad

¿El hombre es malo? ¿o acaso es las sociedad la que hace malo al hombre? Pero no olvidemos que la sociedad está compuesta por hombres… Entonces, ¿qué?

Ayer aprendí una gran lección. Aprendí que si el  mundo es gris es porque nosotros queremos que lo sea. Y que si no cambia es porque no nos da la gana de dejarlo cambiar y apagamos la llama de aquellos que desean hacerlo.

Siempre pensé que vivimos en un mundo triste donde a la gente casi que les da vergüenza sonreír por la calle. Ayer constaté que no es que les dé vergüenza, es que incluso a veces se enfadan si les pides que lo hagan. No todos, pero sí algunos. Y yo creo que con que hubiera una sola persona así ya sería para apenarse.

También pensé siempre que la gente va ocupada por la calle, pero que si les recuerdas lo bonito que puede llegar a ser sonreír, lo harán. Quizá me equivocaba, quizá todavía soy una niña soñadora que cree que el mundo se cambiaría con sonrisas y con menos odio… pero lo pensaba, y todavía no estoy segura de si ayer lo constaté o, por el contrario, me di de bruces con la realidad. Con esa realidad que dice que si te acercas sonriendo a una persona, le muestras una cajita de lunares llena de papelitos (donde se lee claramente ‘SONRÍE’) y le ofreces uno, esa persona te mirará con asco y te dirá que no.

Me choqué con esa realidad de personas que cogen el papelito, lo miran con asco y lo devuelven como si acabaran de tocar mierda. Y sí, tocaron mierda, pero la suya, señores, no la mía.

Aún alucino al recordar, y me entristece pensar que me encontré con tanta gente así… Gente que tiró nuestra ilusión a la papelera cuando intentábamos recordarles que con la boca se puede hacer una cosa muy bonita que se llama sonreír. A lo mejor ellos no pueden y nosotros no lo sabíamos, o a lo mejor… No lo sé, la verdad es que no lo sé.

Es posible que no deba dar más vueltas al asunto, que simplemente recuerde a esas personas que sonrieron y dieron las gracias, a la señora que incluso me abrazó o a las que comentaban que teníamos razón.

Pero no puedo, ayer casi me apagaron. Y no me gusta. Ahora entiendo que la sociedad sea así, porque cualquiera que haya intentado algo como lo que mis amigos y yo procuramos ayer se pudo encontrar con otras personas como aquellas con las que nos topamos nosotros. Y a lo mejor ellos ya no tuvieron más fuerzas para seguir intentándolo. En tal caso, por ellos, por los que fueron apagados, por ellos hay que luchar también. ¿No creen?

Porque al final no todo fue tan horrible. Y un buen señor me recordó que las buenas acciones tienen su recompensa y que el resto del mundo debería aprender de ellas. Así que, ¿por qué no? Intentémoslo.